Those are my principles, and if you don't like them... well, I have others.
Groucho Marx
Groucho Marx
Nunca he sido una «chica Divinity», qué le vamos a hacer. Nunca soñé con casarme vestida de princesita, con mi príncipe (sin corcel) esperándome en un altar, ni con vivir ese momento tan especial para las anglosajonas que es el walking down the aisle (lo que yo llamo «el paseíllo»). La parafernalia de una boda es todo lo contrario a lo que soy, de hecho. Además, desde que apenas levantaba dos palmos del suelo, juré y perjuré que, de hacerlo, jamás me casaría de blanco. Así, yo, la antisistema, la anticonvencional, la que tenía clarísimo que el blanco me quedaba como el culo, me puse a buscar un vestido rojo una vez fijada la fecha definitiva del Día de la Condena.
Tenía clara la estética: quería poder ponerme ese vestido más veces, aparte del Día C, y buscaba algo muy, muy «cincuentero», pues le va bien a mi figura y me gusta especialmente. El presupuesto, contenido: toda la organización de la boda se basa en el principio de que no queremos hacer gastos exorbitantes, pues a los dos incautos que pretendemos echar la firmita nos parece un insulto incurrir en dispendios excesivos para algo que, en realidad, debería ser independiente de protocolos impuestos y solemnidades con las que no comulgamos (valga la redundancia). Por eso, decidí irme a Londres —donde estaba segura de que encontraría lo que buscaba— y, unos días antes, me hice un listado de tiendas a las que ir a probar suerte, aunque, si soy sincera, ya tenía claro dónde lo iba a encontrar.
Con la inestimable ayuda de Milady*, la mujer de mi mejor amigo (grandísima persona y la mejor acompañante que podría haber deseado), me encaminé a la caza y captura del trapito de marras. En la primera parada, vi un vestido monísimo, pero no era para mí. En la segunda, resultó que había que pedir cita y todo para acceder a la bridal area (lo que ya me dio miedito de por sí, pero, siendo una tienda tan alternativilla, no esperaba realmente lo que luego me encontré). Tras una breve espera, accedimos a un sótano donde nos aguardaba una selección de vestidos de gusto ciertamente británico —y ya os podéis imaginar lo que eso significa— que nada tenían que ver con la estética de los que venden para otros menesteres que no son casarse. Salí, literalmente, huyendo de ahí.
Así, con un nudo en el estómago y la sensación de que a la tercera iba a ir la vencida, me encaminé con Milady hacia el destino final.
Al llegar, lo primero que hacen es tomarme las medidas; tras haber visto su web, no andaba muy desencaminada con la que sería mi talla. Una vez confirmada, pido que me saquen la versión en rojo y negro que me gustaba, pero tenía un detalle que no me terminaba de convencer, y la versión en marfil, que me había parecido muy fina pero, psché, no me veía con ella por todo lo mencionado arriba. En ese momento, me dice la chica que lo siente mucho (tan British y tan polite ella), pero que en marfil no está en mi talla: que si lo quiero en blanco.
Blanco.
No blanco roto, ni color hueso.
Blanco.
Nuclear.
Blanco como para hacer un anuncio de Ariel**.
Contengo la respiración un segundo y, sin pretenderlo siquiera, me sale del alma un «sí» como una catedral de grande.
Cuando lo vi, el nudo que se me hizo en el estómago se volvió más o menos así:
Me encaminé entonces al probador con mi vestido rojo y negro que no me convencía en una mano, y el vestido blanco nuclear que acababa de robarme el corazón en la otra; todo ello aderezado con las correspondientes risas contenidas de Milady, que se veía venir lo que pasaría después.
Me tocó esperar cola porque ese día la tienda estaba hasta las trancas. Entretanto, me contenté en observar a las británicas que se lo estaban pasando en grande mientras se probaban vestidos; todas estaban fuera, mirándose, divertidas y encantadas la mayoría, en los espejos que había en esa especie de saloncito al que daban los probadores, repleto de potenciales compradoras y sus respectivos acompañantes. Luego entendí qué hacían todas allí.
Llegó mi turno. Para entonces, el nudo del estómago no lo deshacía ni el que inventó la sal de frutas. Fue entonces cuando descubrí que dentro del probador no hay espejo: la única privacidad que tienes durante el proceso de prueba es el momento de desnudarte y calzarte el vestido con su correspondiente cancán, pues, ay, cordera, si quieres ver cómo te queda puesto, no te queda otra que salir, peripuesta perdida, al saloncito para mirarte.
Tuve que decidir por dónde empezar: ¿por el rojo con encaje negro que no me convencía, ya que tenía un detalle que me parecía chabacano à la British, o por el blanco nuclear que me había cegado la vista y la razón? De perdidos al río, me dije, y me probé el blanco.
Entonces, amigos, tuve aquello de lo que siempre renegué: mi momento Divinity.
Descorrí la cortinilla del probador, salí al saloncito para mirarme en el espejo, blanca y radiante, mientras un corrillo de señoras británicas soltaba al unísono un «Oooooooooooh» de admiración y Milady se moría de la risa (porque, a estas alturas, me tiene más que calada y sabía cómo me estaba sintiendo en ese momento). Roja como un tomate, me vi en el espejo.
Supe que ese era mi vestido. No tenía la más mínima duda.
Ni siquiera me llegué a probar el rojo y negro.
Así que me tragué mis principios uno a uno, los que llevo 32 años forjando, los que pensaba que me definían, los que tenía tan claros... y di mi tarjeta para pagar el vestido blanco cegador sin que ni siquiera me temblara el pulso. Estaba, para más inri, muy por debajo de mi presupuesto... y rebajado.
Lo siguiente os lo podéis imaginar: Milady se pasó la tarde cantándome la marcha nupcial entre risas y mi entorno más cercano se descojonó con la noticia de que al final voy de blanco; yo, por mi parte, agaché la cabeza y aún no la he levantado.
Pero qué queréis que os diga: tengo mi vestido. Y he de reconocer que me encanta. Así que tened esto presente: be water, my friend, que nunca se sabe de quién te puedes enamorar... o de qué.
-------
* Los nombres, evidentemente, se han cambiado, no tanto para preservar la intimidad de quienes aparecen, sino básicamente porque me ha parecido oportuno.
** Señores de P&G: no se acostumbren a la publicidad gratuita, ¿eh?
Con la inestimable ayuda de Milady*, la mujer de mi mejor amigo (grandísima persona y la mejor acompañante que podría haber deseado), me encaminé a la caza y captura del trapito de marras. En la primera parada, vi un vestido monísimo, pero no era para mí. En la segunda, resultó que había que pedir cita y todo para acceder a la bridal area (lo que ya me dio miedito de por sí, pero, siendo una tienda tan alternativilla, no esperaba realmente lo que luego me encontré). Tras una breve espera, accedimos a un sótano donde nos aguardaba una selección de vestidos de gusto ciertamente británico —y ya os podéis imaginar lo que eso significa— que nada tenían que ver con la estética de los que venden para otros menesteres que no son casarse. Salí, literalmente, huyendo de ahí.
Así, con un nudo en el estómago y la sensación de que a la tercera iba a ir la vencida, me encaminé con Milady hacia el destino final.
Al llegar, lo primero que hacen es tomarme las medidas; tras haber visto su web, no andaba muy desencaminada con la que sería mi talla. Una vez confirmada, pido que me saquen la versión en rojo y negro que me gustaba, pero tenía un detalle que no me terminaba de convencer, y la versión en marfil, que me había parecido muy fina pero, psché, no me veía con ella por todo lo mencionado arriba. En ese momento, me dice la chica que lo siente mucho (tan British y tan polite ella), pero que en marfil no está en mi talla: que si lo quiero en blanco.
Blanco.
No blanco roto, ni color hueso.
Blanco.
Nuclear.
Blanco como para hacer un anuncio de Ariel**.
Contengo la respiración un segundo y, sin pretenderlo siquiera, me sale del alma un «sí» como una catedral de grande.
Cuando lo vi, el nudo que se me hizo en el estómago se volvió más o menos así:
Me encaminé entonces al probador con mi vestido rojo y negro que no me convencía en una mano, y el vestido blanco nuclear que acababa de robarme el corazón en la otra; todo ello aderezado con las correspondientes risas contenidas de Milady, que se veía venir lo que pasaría después.
Me tocó esperar cola porque ese día la tienda estaba hasta las trancas. Entretanto, me contenté en observar a las británicas que se lo estaban pasando en grande mientras se probaban vestidos; todas estaban fuera, mirándose, divertidas y encantadas la mayoría, en los espejos que había en esa especie de saloncito al que daban los probadores, repleto de potenciales compradoras y sus respectivos acompañantes. Luego entendí qué hacían todas allí.
Llegó mi turno. Para entonces, el nudo del estómago no lo deshacía ni el que inventó la sal de frutas. Fue entonces cuando descubrí que dentro del probador no hay espejo: la única privacidad que tienes durante el proceso de prueba es el momento de desnudarte y calzarte el vestido con su correspondiente cancán, pues, ay, cordera, si quieres ver cómo te queda puesto, no te queda otra que salir, peripuesta perdida, al saloncito para mirarte.
Tuve que decidir por dónde empezar: ¿por el rojo con encaje negro que no me convencía, ya que tenía un detalle que me parecía chabacano à la British, o por el blanco nuclear que me había cegado la vista y la razón? De perdidos al río, me dije, y me probé el blanco.
Entonces, amigos, tuve aquello de lo que siempre renegué: mi momento Divinity.
Descorrí la cortinilla del probador, salí al saloncito para mirarme en el espejo, blanca y radiante, mientras un corrillo de señoras británicas soltaba al unísono un «Oooooooooooh» de admiración y Milady se moría de la risa (porque, a estas alturas, me tiene más que calada y sabía cómo me estaba sintiendo en ese momento). Roja como un tomate, me vi en el espejo.
Supe que ese era mi vestido. No tenía la más mínima duda.
Ni siquiera me llegué a probar el rojo y negro.
Así que me tragué mis principios uno a uno, los que llevo 32 años forjando, los que pensaba que me definían, los que tenía tan claros... y di mi tarjeta para pagar el vestido blanco cegador sin que ni siquiera me temblara el pulso. Estaba, para más inri, muy por debajo de mi presupuesto... y rebajado.
Lo siguiente os lo podéis imaginar: Milady se pasó la tarde cantándome la marcha nupcial entre risas y mi entorno más cercano se descojonó con la noticia de que al final voy de blanco; yo, por mi parte, agaché la cabeza y aún no la he levantado.
Pero qué queréis que os diga: tengo mi vestido. Y he de reconocer que me encanta. Así que tened esto presente: be water, my friend, que nunca se sabe de quién te puedes enamorar... o de qué.
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* Los nombres, evidentemente, se han cambiado, no tanto para preservar la intimidad de quienes aparecen, sino básicamente porque me ha parecido oportuno.
** Señores de P&G: no se acostumbren a la publicidad gratuita, ¿eh?


Te juro que puedo ver tu cara en mi cabeza mientras te probabas el vestido. :D
Dicen que el "cambio repentino de opinión" sobre el vestido que buscas y el vestido que finalmente te enamora y te llevas es muy típico ^_^
Enhorabuena :)
Era el vestido, y punto. Yo quiero la dirección de esa tienda, ya sabes... :)
Eres genial, y eso también lo sabes.
Pati
Al final muchas veces es mejor no pensar las cosas y dejarse llevar como has hecho tú. Si era tu vestido era tu vestido y ya está ;)
Un besito!